Esta semana tuve una conversación con mi amigo Tony Olmos. Hablabamos del lanzamiento reciente de su cuarta película independiente.Que por cierto, ya está disponible en Tubi, Amazon y Fandango. Hablábamos de lo complicado que es llegar a un punto donde uno todavía no puede decir “ya lo logré”, y entonces apareció la pregunta inevitable: ¿qué es el éxito?
Coincidimos de que el éxito es una palabra resbalosa. Para algunos es dinero; para otros, reconocimiento; para otros, “vivir de esto”. Pero en esa subjetividad también hay una verdad que pesa más. El avance, el aprendizaje, el crecimiento real. Y algo todavía más valioso, casi imposible de medir, el sentido que da la creación artística. El efecto que tiene cuando la vida se siente plana, cuando falta dirección, o cuando simplemente necesitas un motivo para seguir empujando. Crear no siempre resuelve todo, pero ordena por dentro. Da un rumbo.
Esa conversación me llevó a pensar en algo que he comprobado en mi propia vida. Uno se convierte en lo que quiere ser por constancia, no por un momento perfecto. A veces creemos que primero llega la identidad y después el trabajo, “cuando sea músico, practicaré”; “cuando sea escritor, escribiré”. En mi experiencia fue al revés. La identidad llega después, como una consecuencia. Uno se vuelve cocinero, cocinando todos los días. Uno se vuelve músico tocando. Uno se vuelve carpintero trabajando la madera, escritor escribiendo. Y lo que sostiene ese camino, cuando no hay garantías, es la repetición.
Aprendí otra lección que casi nadie menciona cuando se habla de constancia, el ego! Ese enemigo silencioso. Desde mi experiencia como músico, descubrí cómo los halagos y los comentarios bonitos pueden crear una idea falsa de uno mismo. Te dejas llevar por esas palabras gratificantes y, sin darte cuenta, te colocan en una postura peligrosa, la del “virtuoso” que ya no necesita practicar, que ya no necesita aprender más porque “ya lo tiene todo”. Y no es así. Seguir intentando, aprendiendo y ejecutando constantemente. Esa exigencia no es perfeccionismo. Es honestidad con el oficio. Recuerdo haber escuchado algo parecido en Paco de Lucía, siendo único en lo suyo, decía que no estaba conforme con lo que hacía. No se trata de compararse ni de ponerse a esos niveles; a lo que me refiero es que el ego, al nivel de cada persona, puede quitarte el impulso, puede bajarte y regresarte a un nivel anterior, como un retroceso. Por eso es importante estar consciente de eso y hacer un balance constante, recibir el reconocimiento con gratitud, sí, pero sin soltar el trabajo.
Me inicié en la música como muchos, con entusiasmo, con torpeza y con una idea vaga de lo que quería lograr. Al principio no había “nivel”, no había escenarios, no había seguridad. Había horas. Había intentos. Había días en los que las manos no respondían y la cabeza dudaba. Pero había algo más importante, el compromiso de volver.
La constancia no es solo practicar mucho. Es practicar cuando no hay ánimo. Es sostener el proceso en silencio, sin aplausos y sin certezas. Con el tiempo, esa repetición empieza a cambiarte por dentro. Afina el oído, endurece los dedos, ordena la mente. Empiezas a corregirte más rápido, a escuchar mejor, a reconocer lo que funciona y lo que no. Sin darte cuenta, la disciplina te está construyendo.
Así fui avanzando y ampliando repertorio. Puliendo técnica y desarrollando criterio. La música me enseñó algo fundamental, que el nivel no llega por un salto, llega por acumulación. Un día notas que puedes tocar cosas que antes eran imposibles. No es el reflejo de un “don nuevo”; es el trabajo constante realizado durante semanas, meses, años, aunque el resultado tarde en aparecer. Y esa misma lógica es la que quiero aplicar a la escritura. De hecho, estos días circula en redes una conferencia del escritor Carlos Fuentes donde comparte consejos sobre cómo formarse como buen escritor. Más allá de cualquier fórmula, hay una idea que se repite en casi todo oficio serio, el trabajo sostenido, el criterio y la disciplina terminan construyendo una voz.
Escribir también es oficio. También es repetición. También es sentarse aunque no “nazca”. También es reescribir, escuchar el texto, detectar fallas, corregir ritmo, eliminar lo que sobra y volver. La diferencia es que en la música el progreso se siente en el cuerpo; en la escritura se siente en el criterio: empiezas a ver tus propios huecos con mayor claridad.
Por eso esa conversación con Tony me cayó en el momento exacto. Porque hacer una cuarta película independiente no es un “golpe de suerte”, es la prueba de una continuidad. Y ahí está una definición de éxito que sí me convence, seguir avanzando. Seguir aprendiendo. Seguir creando. Sostener una obra en el tiempo.
Si estámos empezando en música, escritura, cine o cualquier camino, es importante no obsesionarnos con “llegar” como si hubiera una puerta final. Hay que enfocarse en volver. Volver al instrumento. Volver a la página. Volver al oficio. Porque, al final, la constancia no solo mejora lo que haces, te convierte en quien eres. Y eso, incluso cuando no se ve por fuera, es un tipo de éxito real.