¿Como Nacio Esta Novela?

Las leyendas urbanas no aparecen de la nada. Empiezan como un comentario al pasar: “Dicen que…”. Luego se repiten. Se adornan. Se acomodan a lo que la gente teme, y a lo que le fascina. Y cuando una ciudad encuentra una historia que explica una tragedia con una sola imagen poderosa, esa historia se queda a vivir ahí.

     Así nace “La mujer que bailó con el Diablo”. Después de todo, para que una leyenda se encienda, primero tiene que existir un hecho real, o una noche lo bastante intensa como para generar versiones. No tiene que ser “sobrenatural”; basta con que sea confusa y rápida, llena de gente, alcohol, música, sombras y con un final que nadie pueda explicar del todo. Cuando pasa algo así, la memoria no funciona como cámara, funciona como relato. Cada persona conserva un fragmento distinto. Y al juntar los fragmentos, el rompecabezas no cuadra. La historia se mueve porque provoca miedo, morbo, indignación y fascinación. Como resultado, cada repetición la vuelve más clara, más “narrable”, más cinematográfica. Porque una leyenda no sobrevive por ser verdadera. Sobrevive por ser irresistible.

     Esa historia la traía integrada en la memoria desde niño. Como un manojo de versiones superpuestas, frases sueltas, detalles cambiantes y remates dramáticos que cada quien acomodaba a su manera. Al final, era una historia que circulaba. Una leyenda de Tijuana. Yo la conocía incluso por escrito, por una recopilación de relatos y leyendas de la ciudad, atribuida a Sor Abeja (Olga Vicenta Díaz Castro). Pero, durante cierta etapa de mi vida, con el criterio racional que cargaba encima, todo eso se quedaba donde yo lo colocaba: en el territorio de los cuentos. Fue así hasta que un día, sin buscarlo, la historia me volvió a encontrar.

     Estaba en la Avenida Revolución, en un festival callejero. Había música en vivo, artistas del momento, y uno de los grupos que más me emocionaba era Ozomatli, la banda de Los Ángeles, California. Llegué temprano; todavía faltaba para que salieran. Tenía tiempo de sobra, así que decidí entrar a tomar algo. El escenario estaba exactamente frente al Hotel Nelson, y ahí mismo, como si todo estuviera alineado, encontré la barbería y el bar con el mismo nombre. Entré.

     Adentro el bar estaba casi vacío, solo había tres personas jugando dominó, concentradas. Para ellos lo que sucedía afuera del bar no tenía relevancia. Me acerqué a la barra vacía. Lo primero que me atrapó fue la decoración. Unas pinturas de carros clásicos. Imágenes bien hechas, con ese brillo nostálgico que tienen los autos antiguos. Enseguida, el cantinero me sirvió mi tarro de cerveza, y me quedé un momento mirando dichas pinturas.

     Entonces entró un grupo de hombres y se sentaron en la barra. Se repartieron los asientos de manera que, sin planearlo, me quedé en medio de ellos, como si yo también formará parte del grupo. No fue una invasión de mi parte, ni de ellos, fue la geometría del lugar. Cada vez que se respondían de un lado al otro, yo estaba ahí, inevitable, así que terminé entrando en la conversación casi por accidente.

     Y la conversación se puso buena. Era un grupo de caballeros con oficios distintos. Uno de ellos era un muralista reconocido en la ciudad. Otro, un restaurantero argentino. Otro, profesor universitario. Los otros dos no supe exactamente a qué se dedicaban; no lo dijeron, o no salió. Pero traían ese tipo de charla que te hace sentir que estás aprendiendo sin darte cuenta. Hablaban de la ciudad, de los murales que él había pintado, de cómo se movían ciertas cosas, de dónde venían ciertos productos e incluso mencionaron que las carnes selectas las pedían desde Los Ángeles. Detalles que en ese momento yo no tenía por qué saber, y sin embargo me los estaban contando ahí, como parte de una plática casual.

     Después de los tragos y las historias, hubo un silencio breve. En ese silencio, uno de ellos señaló las pinturas de los carros clásicos. Comentó que él había comprado uno de ese mismo modelo en 1978. Y ahí fue donde la conversación giró hacia esa época. Aunque yo la había vivido de niño, apenas me quedaban recuerdos sueltos, sensaciones, pero no detalles. Mis referencias más claras, para llenar esos huecos, venían del cine: El Padrino, Scarface, Saturday Night Fever. Por eso me salió una pregunta natural, directa: 

—¿Cómo era esa época en Tijuana?

     Me la describieron con detalle. Me hablaron de la atmósfera, de los lugares, del tipo de noche que se vivía y de cómo se sentía la ciudad. Mientras más gráfica se volvía la descripción, más inevitable me resultó hacer la pregunta que traía años rondando en la cabeza, aunque yo la tuviera archivada como “cuento”:

—¿Alguno de ustedes estuvo en el Aloha en esa época? —pregunté.

     Ahí cambió el tono. Con peso. Con ese tipo de seriedad tranquila que aparece cuando alguien habla de algo que sí conoce. Y lo que vino después fue una sacudida. Difícilmente confirmaban lo sobrenatural, pero en el intercambio de relatos se me dio una razón más lógica, humana y coherente de lo que pudo haber sucedido. De tal modo, dentro del escepticismo, y dentro de lo que no se puede comprobar del todo, lo que hicieron fue abrir una puerta distinta: la de la posibilidad real. Terminamos cuestionándonos en conjunto. No desde el morbo barato, sino desde una curiosidad racional. ¿Qué sí pudo pasar?, ¿qué no? ¿Qué se exageró con los años, qué encajaba con la época y qué era puro adorno del rumor?

     Aunque después fui al festival y vi a Ozomatli como lo había planeado, mi mente ya no estaba del todo ahí. Ese tema se me quedó metido por el resto de la semana. Fue entonces cuando me surgieron las preguntas de verdad. No las preguntas de “¿y si era el Diablo?”, sino las preguntas que te muerden más: ¿qué fue lo que realmente sucedió en el Aloha? ¿Qué parte pertenece al hecho y qué parte nació después, cuando la ciudad empezó a contar la historia como necesitaba contarla?

     En ese tiempo yo venía saliendo de otra etapa creativa. Había terminado un cortometraje, pero después me quedé inactivo un buen rato por falta de una historia que de verdad me moviera. Paralelamente estaba escribiendo “Kosa’aay”, una narrativa histórica sobre los inicios de San Diego y la llegada de los españoles a la región. Me gustaba ese proyecto, pero tenía otra energía, más documental e histórica, más de archivo.

     Y entonces esta historia (la del Aloha, la de la mujer y el Diablo) se me quedó rondando con un potencial distinto. No la pensaba como cuento, sino como material narrativo. Tenía atmósfera, tensión, misterio, una ciudad respirando detrás y, sobre todo, preguntas. La vi con potencial para un largometraje. La desarrollé y, al cabo de dos años, me puse manos a la obra para realizarla. Era una idea complicada y ambiciosa, por la época, el tono, el tipo de escenas que pedía y por todo lo que implicaba sostenerla con recursos reales.

    Aun así, la levantamos. Involucré a actores muy queridos en la ciudad de Tijuana: Yaret Lora, Pako “Flako” Mufote, Lizbeth Rodríguez y muchos más. Hasta hoy sigo agradecido con todos ellos por su colaboración, entrega y confianza en el proyecto. Pero el proyecto quedó inacabado. Fue frustrante. Fue deprimente. El guion cinematográfico terminó guardado durante años, como tantas historias que se quedan en pausa; no porque no valgan, sino porque a veces la realidad te gana con logística, con tiempo, con dinero y con vida. Sin embargo, yo le tenía fe a esa historia. Porque sabía que era una historia que impacta, que se queda, que toca un nervio. Así pues, con el tiempo tomé una decisión, si no podía vivir en cine, iba a vivir en otro formato. Por eso me decidí a novelar esta historia. Y aquí estoy ahora, en esta nueva fase, regresando a esa misma historia como una narrativa que por fin puede terminar de respirar.

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