La figura que observa: del demonio antiguo al cine moderno

En un artículo pasado de este blog conté algo que todavía me da un poco de pena admitir. Vi El Exorcista (versión 1973) cuando era niño, por accidente, y algo de eso no se quedó en la pantalla. Se quedó en mí. No fue una decisión valiente ni cinéfila. Fue una de esas escenas domésticas que pasan rápido y te dejan marcas sin avisar, porque la tele estaba encendida, y los adultos distraídos, el momento exacto en que cambias de canal y caes en algo que no estabas buscando. Recuerdo más la sensación que la trama. Recuerdo el cuerpo poniéndose tenso. Recuerdo esa intuición infantil de que lo que estaba viendo no era “solo una película”.Era un ruido en la cabeza que no se iba.

Con los años volví a verla varias veces. Cada revisión era distinta, La conocía. Sabía lo que venía. O al menos eso creía. La última vez decidí verla con intención de disfrutar. Preparé botana, acomodé la sala, encendí el surround sound, cerré las cortinas y traté de convertir la sala de mi casa en una sala de cine. Quería verla “bien”, como se supone que debe verse una película importante. Le di play a pleno mediodía, convencido de que esta vez tendría el control.

No lo tuve.  Hubo un punto, no sabría decir exactamente cuál,  en el que el cuerpo volvió a reaccionar antes que la razón. Sentí esa tensión conocida, ese malestar difícil de justificar. Terminé abriendo las ventanas y dejando entrar la luz. la película que ya conocía, me estaba generando miedo de verdad.

Con los años, uno aprende a justificarlo todo, que es cine, que es maquillaje, que es una época, que es un clásico. Pero hay cosas que no se desactivan con explicaciones. Lo confieso: por mucho tiempo, El Exorcista se quedó en mí como un rumor incómodo. Como una idea que se arrastra detrás de ti aunque finjas que no. Y lo más raro es que, si pienso en lo que realmente me perturbó, no fue lo explícito.Fue el inicio. 

Ese prólogo en el desierto. El Padre Merrin en Irak. El sol cortante. El polvo. Y esa figura antigua que aparece de pronto como si hubiera estado esperando, paciente, durante siglos, a que alguien la mirara de frente. La estatua no se mueve, siempre está estática, y aun así tiene peso. Una presencia que no necesita actuar para que tú sientas que algo ya empezó. Ahí fue donde entendí, tarde, pero lo entendí, que el terror más efectivo no entra por el impacto. Entra por la sugestión.Se activa cuando el relato no lo dice todo, y uno termina diciendo lo demás por dentro.

Y esto es lo que casi nunca digo en voz alta, creo que esa escena se me metió tan hondo que terminó afectando mi manera de escribir. Porque cuando trabajé Delicias y delirios de un viaje al purgatorio, yo no estaba buscando “hacer una historia de demonios”. Ni siquiera estaba buscando escribir algo que se pudiera etiquetar como sobrenatural. Lo que quería era capturar ese punto frágil en el que la realidad te desacomoda, un viaje, un exceso, una experiencia que te empuja al borde, y de pronto ya no sabes si lo que ocurre está afuera o adentro.

Pero claro, el lector sí quiere nombrarlo. El lector necesita una palabra. Y cuando algo se vuelve demasiado extraño, demasiado cargado, demasiado simbólico, esa palabra aparece sola:

“El demonio.”

Ahí está el paralelismo con El Exorcista, No se trata de poner un demonio en escena, como quien presenta a un personaje, sino de construir el clima para que el lector perciba una presencia. Lo confieso sin adornos, a mí me interesa más eso que cualquier “aparición” literal. Me interesa el mecanismo íntimo, casi vergonzoso, con el que el miedo se construye dentro de uno. Me interesa esa zona donde la mente dice: “esto no cabe en lo normal” y entonces empuja la experiencia hacia lo demoníaco para poder entenderla.

Y quizá por eso el purgatorio me obsesiona como escenario. Porque el purgatorio es un umbral. No es infierno, no es cielo. Es espera. Es tránsito. Es una región donde todo se puede interpretar de varias formas, ya sea de castigo o revelación, delirio o mensaje, culpa o visión.

Si después de leer Delicias y delirios de un viaje al purgatorio alguien siente que hubo una aparición demoníaca, para mí eso no es un efecto decorativo. Es un espejo. Es la prueba de que el lector también participa en el fenómeno, lo completa. Porque al final, lo más inquietante no es “ver” al demonio. Lo más inquietante es descubrir que bastó una insinuación, para que el demonio apareciera en tu cabeza.



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