La Mujer Que Bailo Con El Diablo

Esa noche no supe si lo que me contaban era un chisme, una advertencia, o algo que no debía oír a esa edad. Recuerdo el tono antes que las palabras, esa manera de bajar la voz con una sutileza como cuidándose de que alguien indebido pudiera estar escuchando. Recuerdo el nombre del lugar, ”Aloha”, dicho con una mezcla de orgullo por ser privilegiados en tener la información de primera mano, y miedo, como si nombrarlo fuera abrir una puerta, El Club, el baile, la muchacha, la música… y el Diablo. Y aunque yo apenas entendía el peso real de ciertas cosas, hubo una frase que se me quedó clavada como astilla:
“Bailaban los dos y se elevaron suspendidos en el aire. La muchacha notó con horror que estaban flotando. Finalmente la mujer terminó consumida en una bola de fuego, siendo así como el diablo reclamó su alma.”
Era 1984, tenía diez años y vivía en Tijuana. Como niño, claro que me asustaba. Esa historia venía cargada, tenía filo. Pero también (y esto es lo curioso) yo ya traía esa parte medio curtida. Meses antes, por accidente, había visto la película de El Exorcista. Y como a muchos de nosotros, esa obra maestra cinematográfica me dejó una marca en la psique. La trama te pinta una realidad desconocida que se impone y se instala en la mente, una realidad frente a la que no hay cómo dudar porque te arrastra.
En cambio, el relato de la mujer que bailó con el Diablo no pesaba igual. Tenía misterio, tensión… pero no esa contundencia. Por eso, aunque sí me daba miedo, al mismo tiempo me generaba duda. Cada quien lo contaba distinto, los detalles no terminaban de amarrar, y justo ahí, en esas variaciones, la historia se volvía más inquietante, porque no sabías dónde acababa el hecho y dónde empezaba el rumor.
Tijuana en aquella época era, para mí, un mundo enorme hecho de calles polvorientas, camiones, radios que sonaban en los puestos, y conversaciones que se pegaban a las paredes. La primera vez que escuché la historia de “La Mujer Que Bailó Con El Diablo” no fue en un libro, ni en una película, ni en una voz que quisiera entretenerme. Fue como se cuentan las cosas que todavía duelen o inquietan, un relato vivo con detalles que parecían frescos, donde resultaba que todos hubieran estado ahí y vieron ellos mismos lo que ocurrió.
Lo más extraño es que no era una leyenda “antigua”. No era algo de tiempos remotos que uno pudiera encajonar en el folclor y seguir escuchando el relato como muchos otros. Habían pasado apenas cinco años de ese suceso. Cinco años, nada. En una ciudad como Tijuana, donde las noticias corren rápido y los rumores se aferran a la gente, cinco años no alcanzan para que una historia se vuelva polvo. Cinco años es todavía “hace poquito”. Todavía “lo vimos”. Todavía “a un primo de un amigo le tocó”. “Yo conocí a la muchacha”, decían muchos.
Por eso escuchaba con una mezcla difícil de describir. Morbo infantil, curiosidad, miedo de noche,  y una sensación más rara, más adulta, la certeza de que esa historia no pertenecía del todo a la imaginación. Que tenía raíces. La contaban como si hubiera un punto exacto en el que todo cambió, una noche particular, un Viernes Santo.  Eso se decía en la que la ciudad, por un lado, se apagaba por la solemnidad, y por el otro, se encendía con esa energía clandestina que Tijuana guarda detrás de sus puertas.
Y luego venía el Club Aloha. El nombre del club caía como moneda sobre la mesa, seco, brillante, inevitable. Lo mencionaban con esa seguridad de quien no necesita pruebas porque la ciudad ya había decidido que era verdad. Para mí, “El Club Aloha” era una palabra de adultos, luces, música fuerte, gente arreglada, otro mundo. Pero nunca fui ahí, solo escuchaba lo que era. Pero cuando lo decían junto a “Viernes Santo”, algo se tensaba, porque dos realidades no deberían tocarse.
Ahí, según el relato, estaba aquella muchacha de la que todos hablaban. A veces la describen de una forma y a veces de otra, y esa variación, incluso para un niño, era una señal, una mujer joven, sola o con amigas, celebrando algo o huyendo de algo, entrando a un lugar que prometía olvido. Pero el corazón de la historia siempre era el mismo,  la pista de baile, la música disco subiendo como fiebre del Sábado, y una presencia que identificaban al principio como “un hombre galán, muy apuesto”. 
Y cuando por fin alguien se atrevía a pintar el retrato, aparecían los detalles que me perseguían en la cama, que su forma de mirar no era normal; que su sonrisa no parecía humana; que cuando bailaba, el aire se sentía pesado; que alguien juraba haber visto algo extraño en sus pies, o en sus manos… o en sus ojos. Cada quien traía su pedazo, y todos esos pedazos formaban una imagen incompleta, pero más poderosa por lo mismo. Por eso, uno termina llenando el hueco con lo peor que conoce.
Y ahí era donde yo entendía, sin entender, que los adultos no le tenían miedo solo al Diablo. Le tenían miedo a lo que pasa cuando una ciudad decide que algo no debe preguntarse. Con diez años, yo no tenía lenguaje para decirlo, pero lo intuía. Había historias que se contaban para asustar… y otras que se contaban para fomentar el morbo. Para darle forma a algo que, sin forma, sería todavía más insoportable. Esa fue la primera vez que escuché “La Mujer Que Bailó Con El Diablo”, como quien oye una sirena a lo lejos y no sabe si viene por alguien,  o si ya viene por ti. Y desde entonces, cada vez que alguien menciona esa historia, lo primero que me vuelve no es la imagen del Diablo. Es el momento exacto en que la voz baja, el aire cambia, y alguien dice:
“Eso pasó aquí.”
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De La Lectura a La Escritura Nace Esta Bitácora